El Templo Soleb Sudán

El templo Soleb es una de las mejores representaciones de la presencia de los egipcios en Nubia. Se encuentra en la orilla oeste del Nilo, entre la segunda y tercera catarata y fue construido bajo el mandato del faraón egipcio Amenhotep III. Se lo dedicó a sí mismo, que para eso era el faraón y el Gran Señor de Nubia, pero también se lo dedicaría a un dios, Amon-Ra.

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Los tesoros arqueológicos que escondía Sudán eran desconocidos para occidente, pero esto cambiaría a principios del S. XIX cuándo se pusieron de moda las exploraciones geográficas. Las potencias occidentales y los exploradores se mataban por llevarse la fama de los descubrimientos, movidos por supuesto con un trasfondo de codicia. Eran muchos los tesoros valiosísimos que encontraban y que rapiñaban para llevárselos a sus países, los que ahora llenan las estanterías de los museos de Londres, Paris o Berlín.

En 1813 J.L. Burckhardt sería el primer occidental que vio el templo Soleb, sin embargo, se quedó con las ganas y no pudo llegar hasta él, ya que no encontró una barca que le permitiera cruzar el Nilo. Burckhardt fue el explorador que descubrió Petra y el primer occidental que logró entrar en la Meca.

Más tarde en 1880 un francés, Frédéric Cailliaud, el mismo que descubriría a occidente la existencia de las pirámides de Meroe, fue el primero que trajo a occidente información del templo Soleb a través de sus mapas, dibujos y mediciones. Pero la que estudió más a fondo este lugar en sus seis expediciones, sería la arqueóloga italiana Michela Schiff Giorgini, que a partir de 1957 empezó a desvelar los misterios e historia de este templo.

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Estaba atardeciendo cuando llegamos a Soleb, un buen momento para contemplar desde la distancia el templo mientras el cielo se iba tiñendo de rojo. Si miras los antiguos dibujos que realizaron los viajeros decimonónicos del templo Soleb verás que apenas nada ha cambiado desde entonces.

Allí no había nadie, no hay que pagar entrada, el templo se encuentra en medio de unos terrenos agrícolas. La sensación de recorrer las ruinas del templo en soledad no debía ser muy diferente a la que tuvieron aquellos viajeros decimonónicos. Cuando paseas por allí, lo primero que te viene a la cabeza es porqué occidente continúa desconociendo los tesoros que encierra Sudán.

Diseminados por el suelo, hay cientos de piezas del que fuera uno de los templos egipcios más importantes en Sudán. Todavía quedan en pie varias columnas, aunque solo dos de ellas han sido capaces de seguir soportando el arquitrabe.

Una inundación fue la culpable de la destrucción del templo Soleb, al igual que se hizo en Egipto, este templo se construyó cerca de la orilla del Nilo, donde debió de haber un embarcadero desde el que se accedía. En la entrada había dos grandes leones de granito rojo, los llamados leones de Prudhoe, que daban la bienvenida al templo. Si los queréis ver, tendréis que ir al Museo Británico, ya que los ingleses se los llevaron de allí.

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El templo Soleb está construido con piedra arenisca que se obtuvo de una cantera cercana. Así que aparte de los daños que sufrió por la inundación, el material con el que se construyó no era el mejor para soportar un clima que precisamente no es de lo más benévolo. El viento azota con fuerza esta zona y la arenisca se erosiona con facilidad. Permanecimos en las ruinas del Templo Soleb hasta que cayó la noche y se fue la luz, como queríamos verlo mejor decidimos regresar a la mañana siguiente.

Como os conté antes, el templo Soleb fue construido a iniciativa del faraón Amenhoteb III, el mismo faraón que construyó los colosos de Menon y el templo de Luxor en Egipto. Quizás por eso, el diseño del templo es muy parecido al de Luxor.

Amenhotep III fue coronado como faraón de la XVIII Dinastía egipcia, cuando aún era un niño. Era hijo de Thutmosis IV y había heredado un extenso territorio que iba desde Siria hasta la tercera catarata aquí en Sudán, dónde gobernaría durante 38 años. Solo entró una vez en guerra con Nubia para conservar el territorio que había heredado.

Mientras recorráis el templo Soleb, fijaros en las grandes piezas que están diseminadas por el suelo. En los antiguos frisos aparecen representados los cautivos que apresaba Egipto, pertenecientes a diferentes etnias, africanas y asiáticas con los brazos atados a la espalda.  Para diferenciarlos, junto a los relieves de los prisioneros hay un cartucho cuyo jeroglífico identificaba la etnia a la que pertenecía el reo. Pero además la posición de sus cabezas indicaba su origen, africano si su cara estaba al sur o asiático, si estaba hacia el norte. Aún no se han descifrado el nombre de muchas de las etnias que aparecen en los cartuchos.

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Cuando se tradujeron los jeroglíficos, se descubrió que el templo Soleb se había construido con motivo de la fiesta de Heb-Sed. Esta era la fiesta de jubileo del faraón, para celebrar los treinta años en los que Amenhotep III llevaba en el trono.

En los jeroglíficos de las paredes del templo, aún se puede ver parte de las ceremonias, procesiones y rituales en los que el faraón renovaba su poder sobrenatural y en los que ser reafirmaba en su poder real.

Es posible trepar por las ruinas, para que desde las alturas ver cómo era la planta del templo y las huellas del antiguo embarcadero.

Si queréis continuar visitando enclaves arqueológicos alrededor del templo Soleb, muy cerca de éste, se encuentra una necrópolis y otro yacimiento arqueológico, el de Sedeinga. Nosotros no fuimos a visitarlo, sino que cogimos el coche y nos encaminamos por una polvorienta carretera que discurría en paralelo al Nilo, a otro lugar interesante llamado Jebel Dosha.

Jebel Dosha

Nos dirigimos a Jebel Dosha para visitar una capilla excavada en la pared de la roca. La entrada, está decorada por un gran cuadrado de arenisca tallado con jeroglíficos realizados en época de Tutmosis III.

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A parte de visitar la capilla, merece la pena llegar hasta aquí porque está ubicada en un lugar muy escénico y lleno de contrastes.

El gran Nilo es el protagonista, serpentea flanqueado por una extensa y verde franja, de la que sobresalen cientos de palmeras. El intenso verde contrasta con el amarillo del desierto que rodea la zona.  En uno de los lados se eleva un promontorio de lo más curioso.

Nos bajamos del coche. A esa hora el sol ya abrasaba, así que nos quedamos contemplando debajo de las palmeras el curioso paisaje. Cerca del enclave arqueológico hay una extraña colina. Está dividida en dos partes, una es de arena del desierto y la otra es de piedra. Teníamos que cruzarla para llegar a Jebel Dosha. Si no hubiera habido aire hubiera sido muy agradable, pero las fuertes ráfagas de viento levantaban la arena. Nos costó un potosí llegar hasta la pared de la roca dónde se encuentra la pequeña capilla. Había tanto aire que casi salimos volando cual cometas.

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Mientras subíamos, los niños de pueblo a falta de juguetes se entretenían haciendo competiciones para ver quien bajaba más rápido por la arena, descendiendo desde lo más alto de la duna a todo gas, parecía que volaban.

La pequeña capilla de Jebel Dosha no está muy bien conservada. Las duras condiciones climáticas y los distintos usos para los que ha servido a lo lago de la historia, la han deteriorado mucho. Después del periodo kushita, las dos habitaciones que hay en su interior sirvieron para albergar una iglesia católica y también fue utilizada como refugio.

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Se cree que los jeroglíficos estaban policromados, pero poco queda de aquellos colores y a parte del hollín de las hogueras que se hicieron en su interior, poco más se puede ver. Desafortunadamente aquí también vimos cantidad de rayajos que había hecho la gente en sus paredes al igual que pasaba en las paredes del templo Soleb.

Una vez bajamos de la montaña regresamos al coche, de nuevo cruzaríamos el Nilo para continuar nuestro viaje en busca de más enclaves arqueológicos, pero eso es otra historia.

Feliz semana 😊

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