Vagando Por Mundopolis

Mi Viaje a Tombuctú, Mali

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Eran las seis de la mañana, como dice la canción de Juan Luis Guerra cuando sonó mi despertador. Cualquier otro día hubiera maldecido, pero aquel día no pude levantarme con más felicidad en el cuerpo. Iba a embarcarme en un viaje que me llevaría hasta una ciudad que siempre había soñado conocer, la misteriosa Tombuctú.

Pocos lugares del mundo están envueltos en un halo de misterio como Tombuctú, quizás, porque desde que León el Africano, Caillié y otros famosos viajeros hablaron de esta ciudad en sus relatos de viajes, convirtieron a Tombuctú para el imaginario europeo en todo un icono de lugar prohibido, lejano, peligroso y de difícil acceso, por lo que solo con pronunciar su nombre resultaba evocador y enigmático.

Lo que no sabía aquel día, es que para mí tampoco iba a ser fácil recorrer el camino que me llevaría hasta Tombuctú y hubo un momento en el que entendí perfectamente porque los anglosajones utilizan la expresión “As far away as Timbuktu” porque literalmente me sentí “donde Cristo perdió el mechero”.

Por aquél entonces, se podía llegar a Tombuctú de varias formas: la más cómoda, en avión desde Bamako, la más romántica recorriendo el río Níger desde Mopti, en un viaje que duraba tres días. Para los que les gustaban las experiencias más auténticas y baratas, se podía hacer en bus, aunque esta era la forma más incómoda de llegar y también se podía llegar por carretera en 4×4. Esta última opción fue la que escogimos nosotros. El recorrido lo iniciamos en Mopti y si no tenías ningún incidente, te podía llevar unas 9 o 10 horas completar los 400 km que separaban Mopti de Tombuctú. Esa era la mejor estimación, porque a nosotros nos llevó más de 14 horas en hacer todo el recorrido.

Viaje a Tombuctú en 4×4

Viajar por Mali en carretera hasta Tombuctú fue toda una experiencia, porque fue como hacer un viaje en el tiempo. A lo largo del camino apenas nos cruzamos con vehículos o camiones. En su lugar, la carretera era ocupada por pequeños carritos desvencijados, tirados por burritos o por gente que andaba durante kilómetros por los arcenes. Si había algo en las carreteras era gente porteando pesadas mercancías en la cabeza, mientras sorteaban rebaños de cabras y vacas famélicas que, envueltas en nubes de polvo, ocupaban también el asfalto.

La calzada estaba bordeada por baobabs y por grandes acacias de las que salían espinas que pinchaban como estiletes. Esta es una zona muy pobre de África y cuando pasábamos por algún pueblo, el viento levantaba junto a toneladas de polvo cientos de bolsas de plástico que la gente había tirado al suelo. A falta de un sistema de recogida de basuras, ésta se acumulaba por doquier en todas las esquinas de las calles.

La mayoría de las aldeas que atravesábamos carecían de electricidad y por supuesto brillaba por su ausencia cualquier objeto que representase que hubiera llegado a estas tierras la más mínima modernidad. Tampoco había agua potable que saliera de un grifo y para conseguirla, las mujeres tenían que acudir a pozos y sacarla con poleas. Después les tocaba transportarla hasta sus casas en grandes cubos de plástico. La industrialización y la modernidad aún no ha llegado hasta este rincón de África y aquí todo se hace manualmente.

Douentza

Douentza es la última población que te encuentras hasta llegar a Tombuctú. Es una ciudad destartalada en la que encontramos una pequeña tienda de ultramarinos donde compramos agua y unos cacahuetes para entretener el estómago durante el camino.

Pocos kilómetros después de pasar Douentza el asfalto desaparece. Nos contaron que no estaba asfaltado porque era un castigo del gobierno maliense a Tombuctú y sus constantes aires independentistas. Así que desde allí, la carretera hasta la orilla del río Níger es una pista de arena en la que tendríamos el traqueteo garantizado.

No pasaron ni quince minutos cuando ¡zas¡, pinchazo. Una gigantesca espina había atravesado el neumático clavándose como una estaca. En aquel momento el sol ya caía a plomo y nos encontrábamos en medio de la nada.

Allí no había nadie y el desierto nos regaló además de su silencio más absoluto, un sol que en aquel momento ya empezaba a apretar con ganas. De repente, como salidos de la nada, aparecieron unos pastores fulani con sus camellos. Se acercaron hasta nosotros y mientras cambiábamos la rueda, se dedicaron a mirarnos con curiosidad, asomando una sonrisa divertida bajo sus sombreros cónicos. Supongo que fuimos su entretenimiento del día.

Reparado el pinchazo continuamos por la pista de tierra y a lo lejos vimos que asomaban unas interesantes montañas.

Hombori Tondo

A varios kilómetros de Douentza, en medio de la planicie desértica, se elevaban como las agujas de una catedral unas moles de piedra llamadas Hombori Tondo, dónde se encuentra el pico más alto de Mali.

Hombori Tondo es una extensión de la falla de Bandiagara y sus rocas areniscas formaban un paisaje que me recordaron al del salvaje oeste americano. Tienen unos 160 km de longitud y están jalonadas de agujas. El pico más alto alcanza los 1.150 metros y se encuentra en un lugar al que se le llama «la mano de Fátima». Recibe este nombre porque es un conjunto de rocas que emergen del suelo con forma de dedos de la mano. En tiempos de paz, este era un lugar muy frecuentado por escaladores occidentales.

Paramos un rato a contemplar las montañas. Mientras, a lo lejos, envueltas en el polvo del camino, aparecieron un grupo de mujeres y niñas que se iban aproximando hacia nosotros con sus coloridos trajes, porteando en sus cabezas unos cuencos hechos con la cascara de gigantescas calabazas. Quien sabe cuántos kilómetros llevaban recorridos por aquellas larguísimas pistas de tierra.

No he visto en mi vida calabazas tan grandes como las que vi en los mercados de Mali. Una vez que se saca la pulpa y las pepitas las secan y después, las utilizarán como recipientes. Les sirve tanto para guardar como para portear todo tipo de cosas.

Tirados en medio de la nada

Continuamos por la pista de tierra, de repente nuestro Toyota empieza a hacer cosas raras y tras varios trompicones se queda varado. Nuestro conductor se baja y nos dice que se ha roto una pieza. No podíamos estar en peor sitio, porque allí ya no había ni matorrales. Nos dice que tiene que regresar a Douenzta para reponer la pieza rota, si queremos continuar el camino hasta Tombuctú. Milagrosamente en sentido contrario aparece una pick up. Nuestro conductor en cuanto le vio venir comenzó a hacer señales desesperadas con los brazos para que se parasen. Él y los hombres de la pick up levantaron el capó del coche, se metieron debajo y después sentenciaron que no se podía reparar. Así que nuestro conductor nos dijo que no le queda otra que regresar a la ciudad para conseguir la pieza.

Y allí que nos quedamos, en mitad de la nada, con una botella de agua, una bolsa de cacahuetes a unos 50 grados cuidando el Toyota.

Las horas en las que nos quedamos tirados en medio del desierto pasaron muy lentas, casi sin agua, y con un calor que ya era insoportable, pero no nos quedó otro remedio que resignarnos y aguantar. Encima no hubo forma de zafarse de aquel calorazo puesto que tampoco funcionaba el aire acondicionado del coche.

Cuatro horas más tarde apareció un coche. Por fin llegaba con nuestro conductor, un mecánico y la milagrosa pieza que nos faltaba para proseguir nuestro viaje. Reparado el coche proseguimos el camino y un rato después, apareció ante nuestra vista una gran mancha azul que contrastaba con el color amarillento del paisaje. Por fin llegamos a la orilla del Níger.

Lo siguiente que teníamos que averiguar era si habíamos llegado a tiempo para coger el ultimo ferry que lo cruzaba. Afortunadamente, sí. Menos mal que el ferry operaba desde el amanecer hasta las seis de la tarde, porque si no nos hubiéramos tenido que quedar allí hasta la mañana siguiente.

En la orilla había un poblado improvisado y allí que nos quedamos esperando a la aparición del ferry.

Pasamos allí más de una hora. La orilla estaba jalonada de tiendas dónde vivían pescadores. El poblado estaba lleno de niños y en cuanto nos vieron salieron de su monotonía corriendo hacia nosotros para entretenerse un rato.

En la orilla de río estaban amarradas varias pinazas y los burritos campaban libremente disfrutando en el agua. Me di una vuelta por la zona para hacer fotos, mientras una cohorte de niños me seguía por todos los lados.

Las niñas estaban empecinadas en que me dejara hacer trenzas en el pelo y como llegó un momento en el que también fui presa del aburrimiento, me rendí ante la insistencia de mis peluqueras infantiles hasta que apareció el barco.

Cruzando el río Níger en Ferry

Subimos al coche y embarcamos. Después, fuimos hasta la cubierta para contemplar el proceso de embarque porque tenía lo suyo. Tras los coches, subían los pasajeros que iban a pie y después había que embarcar las vacas, cabras y todo tipo de animales que se resistían tercamente a subir en el ferry.

El barco zarpó y comenzamos a surcar las aguas del río Níger de una orilla a otra. Nos llevó como una hora atravesarlo. En la otra orilla del río se encontraba el antiguo puerto de Tombuctú llamado Kabara, también se le llama Koirumé. Una vez llegamos, cogimos una carretera asfaltada que nos condujo hasta Tombuctú.

Llegada a Tombuctú

¡Emoción máxima! por fin llegaba a Tombuctú. La mítica ciudad de oro en realidad era una ciudad de color arena, construida con ladrillos de adobe y calles sin asfaltar. En medio de una nube de polvo llegamos al hotel La Colombe en el que pasaríamos tres días. Dejé mi mochila y me lancé al hilillo de agua que salía de la ducha para quitarme la tonelada de polvo y mugre que llevaba pegada a la piel.

Lo siguiente que hicimos fue ir a la Oficina de Turismo de Tombuctú dónde había que registrarse y sellar el pasaporte. Casi eran las 8 de la tarde y el sol se iba escondiendo. A medida que su luz se apagaba, las calles se animaban más. La desaparición del sol era una señal de tregua diaria a las temperaturas abrasadoras que todos los días soportaban los habitantes de Tombuctú.

Con el sello de Tombuctú estampado en nuestros pasaportes, fuimos callejeando, sorteando cabras, burros y algún puesto del que colgaban camisetas para los turistas en los que rezaba la frase “fui a Tombuctú y regresé”. Un souvenir para viajeros actuales, que servía para recordar, de una forma un tanto irónica y siniestra, a aquellos viajeros y exploradores europeos que lograron entrar en Tombuctú, pero que no lograron salir vivos de ella, puesto que se los cargaron a todos.

Los días siguientes conoceríamos la misteriosa Tombuctú y a los míticos hombres azules, os lo cuento en esa otra entrada del blog.

Feliz fin de semana

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