Vagando Por Mundopolis

Que ver en Gyantse el corazón del Tíbet

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El sol se escondía cuando llegamos a Gyantse, habían pasado más de nueve horas desde que salimos de Lhasa. Atrás dejábamos el intenso azul turquesa de las aguas del lago Yamdrok y los altísimos pasos de montaña de los que ya os hablé en anteriores posts.

En el pasado Gyantse fue una importante ciudad tibetana. Se encontraba en la confluencia de la ruta comercial con India, Sikkim y Bután, algo que, como os contaré más tarde, pagarían muy caro cuando los ingleses hicieron acto de presencia en estas tierras.

En la ciudad, además de la curiosa arquitectura que vimos en muchos de sus edificios históricos y religiosos, dimos un paseo por las laberínticas callejuelas de su casco histórico. Esto me gustó, porque fue uno de los pocos rincones en nuestro viaje por el Tíbet, dónde pudimos respirar la antigua esencia del país.

Os cuento que ver en Gyantse un lugar repleto de historia, religiosidad y sobre todo un lugar con vistas increíbles.

El Monasterio Pelkor Chode

Al Monasterio de Pelkor Chode se le conoce también como Monasterio Palcho o Shekar Gyantse. Se construyó en 1418 y en su momento, el monasterio estaba formado por varios edificios protegidos por un recinto amurallado dónde llegaron a vivir más de mil monjes.

Cuando la revolución cultural llegó hasta Tíbet, el monasterio fue destruido y expoliado, terminando encarcelados muchos de los monjes que vivían aquí.

Años después, intentaron que el antiguo Monasterio Pelkor recuperase su antiguo aspecto y fue restaurado. Aún seguían haciéndolo cuándo fuimos a conocerlo. En la actualidad en Pelkor Chobe continúan viviendo casi un centenar de monjes que podréis ver rezando en las salas del monasterio, adormilados, mirando el móvil o bien ocupados con sus quehaceres espirituales diarios.

Pese a los daños que sufrió durante la revolución cultural, merece la pena conocerlo y es uno de los lugares que tenéis que ver en Gyantse. Aún se conserva en pie parte de su muralla rojiza que contrasta con las pequeñas casas encaladas en blanco.

Las casas se encaraman en las paredes de la colina que circunda el monasterio. Son pequeñas, de una planta y están rematadas por bonitos artesonados en los que se mezclan los estilos tibetanos, “newar” nepalí y el estilo “han” de la etnia china mayoritaria.

La entrada era todo un espectáculo florido. Como estábamos a finales de septiembre las dalias lucían esplendorosas dando una nota de color al altiplano tibetano.

Visitamos el interior del monasterio de Pelkor, las antiguas habitaciones de los monjes y una gran sala donde los monjes celebran sus asambleas. Las paredes de todo el recinto están decoradas con frescos en los que aparecía buda, leyendas budistas, sus dioses y no faltaban en cada rincón estatuas de todos los tamaños.

Una de las cosas que me llamó más la atención fueron unos fardos que están colocados en gigantescas estanterías y cubiertos con telas. Es la zona de la biblioteca, un lugar dónde se almacenaban cientos de textos budistas. Textos que los monjes recitan en sus largas letanías o que utilizan para estudiar los fundamentos budistas en muchas de las salas que hay en el monasterio.

En el Monasterio Pelkor Chobe convivían pacíficamente las tres escuelas de budismo tibetano el Gelugpa, el Kadampa y Sagnyapa. Los “Gelugpa” se les conoce como “gorros amarillos” esta es la escuela más popular en Tíbet puesto que es la que sigue el Dalai Lama. En esencia las tres son muy parecidas, casi idénticas en las cuestiones fundamentales. Se diferencian a la hora de denominar los diferentes conceptos espirituales o dedicar una u otra oración a según a que dios.

Pero si hay una joya de la corona en el monasterio de Pelkor Chobe es su chorten. Un chorten especial por su diseño y significado, el “Kumbum”.

Kumbum

Si hay un lugar que hay que ver en Gyantse ese es el Kumbum. El Kumbum se construyó en 1427 con una forma muy especial. Un chorten es como un relicario, pero en este caso es uno gigante que con sus 32 metros de altura y sus 9 niveles le convierten en el más alto del Tíbet.

Las 5 primeras plantas son cuadradas y las cuatro siguientes circulares por lo que desde fuera tiene una curiosa forma de pirámide. Si pudiéramos contemplarlo desde las alturas, a vista de pájaro, veríamos que cada uno de sus nueve pisos forman un gran mandala tridimensional que representa la cosmología budista. La estructura del Kumbum está rematada por una especie de cúpula con forma de sombrilla dorada que brilla bajo el sol y que contrasta con el blanco Ariel de las paredes del chorten.

En cada uno de los puntos cardinales veréis que están dibujados los gigantescos ojos de buda con los que nos observaba desde la distancia, vigilando siempre todo lo que sucede a su alrededor.

Para los budistas Kumbum es como un gran faro de espiritualidad en la mitad del altiplano tibetano, al que acuden en peregrinación para hacer el kora y rezar.

Entramos en Kumbum. Se pueden visitar todas sus plantas. Su interior es oscuro y se pueden ver un montón de capillas, nada menos que 108 en las que hay 100.000 representaciones de Buda. Por albergar tal cantidad de budas a Kumbum también se le conoce como la “Pagoda de los Diez Mil Budas”.

Como si fuéramos peregrinos seguimos la dirección que nos indicaban unas flechas rojas que iban en el sentido de las agujas del reloj. Estas nos condujeron hasta las capillas que hay en cada una de las plantas.

A medida que íbamos subiendo en cada uno de los pisos de Kumbum los ojos se acostumbraban a la tenue luz que se filtraba y en las paredes de las capillas aparecían frescos del S. XIV, algunos dañados, otros mejor conservados. Nos recordaron a las pinturas newari, que habíamos visto en muchos de los lugares sagrados de Nepal.

En las pinturas se representaban escenas religiosas, demonios budistas enfurecidos, budas con varios brazos. Al igual que en el monasterio de Pelkor las capillas estaban llenas de estatuas de todos los tamaños. Si quieres hacer fotos en el interior de Kumbum tendrás que pagar 10 YB más por las fotos.

Una vez que llegas a la sexta planta lo mejor es que puedes hacer es salir a la terraza para disfrutar de unas vistas privilegiadas de la ciudad. Por un lado, se ve la fortaleza de Gyantse y también las casitas de su barrio histórico.

Nos quedamos un rato contemplando el paisaje. Desde las alturas veíamos la fortaleza de Gyantse, las áridas montañas que rodean la ciudad y las casitas blancas del antiguo barrio de Gyantse que contrastaban con los nuevos edificios construidos en las afueras de la ciudad impulsados por las medidas expansionistas chinas.

Como apenas había luz, decidimos ir al hotel y dejamos para la mañana siguiente la visita del fuerte de Gyantse. Nos alojamos en el Yeti hotel, un hotel bastante recomendable, dónde además cenamos bien rico. Lo más gracioso fue que en su carta tenían hasta gazpacho.

Fuerte Gyantse

A la mañana siguiente, tras el desayuno, nos esperaba una cuesta de primera. Una cuesta que irremediablemente hay que subir para llegar hasta el Fuerte de Gyantse. No me digáis que el fuerte no es escénico, tiene un punto de lo más «mordoriano» .

El fuerte es otro de los lugares que tenéis que ver en Gyantse. Eso sí, antes coged aire y preparaos, porque si la ciudad está a 3.977 metros, el fuerte se eleva mil metros sobre ésta, en la cima de una colina. La subida es para tomársela con tranquilidad ya que está a gran altitud. Subimos a ralentí despacito, cual tortugas. Si pasas de subir o te parece demasiado no te preocupes porque realmente tampoco te pierdes mucho. El fuerte está en ruinas gracias a un inglés, el mayor Younghusband.

El mayor y su ejército inglés llegaron a Gyantse con objeto de poner fin a las disputas fronterizas que había entre Tíbet y Sikkim, aunque su objetivo real, era quitar de en medio a los rusos para que éstos no tuvieran ninguna influencia en la zona. Al final, los ingleses hicieron una invasión en toda regla y el Gyantse fort, que había sido construido en 1390, quedó en ruinas gracias a los cientos de disparos que salieron de las ametralladoras inglesas.

Una muralla de tres kilómetros rodea el Dzong de Gyantse. En su interior se encontraban las oficinas gubernamentales de la ciudad. Gracias a los ingleses queda poca de su grandeza tras los muros del fuerte. Una frase pintada en una piedra recuerda lo que allí sucedió.

Nuestro guía nos dijo que pone “salta del acantilado”, una frase rara, que en realidad recuerda el valor de los 3.000 tibetanos que murieron en el asalto a Gyantse y a la resistencia feroz con la que se opusieron al ataque de los ingleses.

Los chinos en recuerdo a lo que sucedió aquí llaman al fuerte “la ciudad de los héroes” e hicieron un museo que podéis visitar. El museo no tiene demasiado interés y en realidad, lo que tratan es de explicar con mucho patriotismo “chino”, cuales fueron los excesos británicos en la zona.

Sí merece la pena hacer el esfuerzo de subir hasta el dzong es por las vistas que se tienen tanto de la ciudad de Gyantse, como del Kumdum y del Monasterio de Pelkor Chode rodeado por su muro rojo ya que está situado justo frente al fuerte.

El antiguo barrio tibetano de Gyantse

A los pies de la fortaleza se encuentra el antiguo barrio tibetano. Tras bajar fuimos a una pequeña tetería dónde nos sentamos en unas mesitas de madera a tomar té con leche. Por fin descansamos un rato después de tanta subida y bajada.

Dad una vuelta por las laberínticas y polvorientas callejuelas del antiguo casco histórico, aquí pululaban ovejas y vacas en contraste con el resto de la ciudad de Gyantse que es bastante anodina.

Más tarde regresaríamos a la furgoneta, poco más teníamos que ver en Gyantse, ya que no hay mucho más de interés en la ciudad.

Por delante nos esperaban 97 kilómetros para llegar a nuestro siguiente destino, Shigatse, pero esa es otra historia.

Feliz fin de semana

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