Vagando Por Mundopolis

Tombuctú: Explorando la ciudad del desierto

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Amanecía en la ciudad más misteriosa de África. Por delante teníamos dos días para descubrir todo lo que había que ver en Tombuctú. Reconozco que estaba un poco inquieta, porque como os conté en la entrada anterior, después del palizón de viaje que nos habíamos pegado, temía haber idealizado demasiado la ciudad y solo esperaba que no me defraudase.

Desayunamos y al poco rato nos lanzamos a la calle. Aparentemente la ciudad no tenía un interés especial. Tombuctú no era una ciudad de oro, sino que más bien era una ciudad de arena. El tono beige estaba presente en toda la ciudad, ya que la mayor parte de las casas están construidas con ladrillos de abobe y sus calles están cubiertas por la arena arrastrada por el viento del Sahara.

Recorriendo Tombuctú

Atravesamos una maraña de calles y callejones. Lo primero que me llamó la atención fue la variedad de atuendos que llevaban sus habitantes: desde las estampadas y coloridas telas africanas, a los tagelmust tuareg de vibrante color índigo. También había gente vestida con la ropa tradicional islámica y por supuesto con ropa occidental.

Esa mezcolanza de vestimentas se debe a que en Tombuctú conviven muchas etnias. A simple vista, se puede ver a través de los rasgos, ropas y por el tono de piel de la gente. Aquí no solo viven tuareg, sino que también conviven songhais, fulanis y esclavos bella.

Cuando doblábamos las esquinas de las calles, era frecuente toparse con rebaños de ovejas, con burros que acarreaban pesadas cargas o con camellos.

Muchos Bella, viven en tiendas improvisadas hechas de estera que colocan en medio de la calle. Son los más pobres del lugar. En Mali la esclavitud está prohibida, pero aquí sigue habiendo esclavos y la mayor parte de ellos pertenecen a esta etnia.

Otras cosas curiosas que vimos en muchas calles eran grandes hornos de adobe, dónde las mujeres cocinaban.

Pasado el rato se nos pegaron un grupo de chavales. La verdad es que al principio no les hicimos mucho caso, pero como eran salados y nos dijeron que querían practicar inglés, terminaron haciendo turismo por Tombuctú con nosotros durante prácticamente toda la mañana y gracias a ellos, nos enteramos de cosas curiosas.

Los gatos colgados en Tombuctú

Mientras íbamos paseando me llamó la atención que algo colgaba de los cables eléctricos. Me paré porque como soy miope, no daba mucho crédito a lo que estaba viendo. ¿Eso son gatos? pregunté a los chicos que nos acompañaban. ¿Qué podía significar colgar unos gatos que solo tenían la piel y la cabeza? Vi tantos colgados que me pareció muy siniestro, pero me dijeron que no lo era, que simplemente era una costumbre.

Los niños de Tombuctú los cazan, una vez muertos sacan la carne y la dejan secar. El niño más pequeño se pone la piel como cinturón y va cantando por las casas, le dan comida o especias por su valentía. Ellos se llevan la comida que les regalan junto con la carne seca de los gatos, para comérsela en el desierto. Ojo, que los musulmanes no comen carne de gato, está prohibida, pero supongo que detrás de esta costumbre hay un poso animista, ya que, a los gatos, pese a la labor desratizadora que hacen en la ciudad, se les asocia con la brujería.

La mayor parte de la ciudad no es atractiva y tampoco es espectacular. A nuestro paso salían tuaregs que nos querían vender, sin mucha fortuna, colgantes con la cruz del sur y otros amuletos protectores. Otras veces venían brincando hasta nosotros niños pequeños, canturreando como un mantra el “donne-moi un cadeau”. Todos encajaban bastante bien el “no” como respuesta y se daban media vuelta para seguir su camino sin ser insistentes, por lo que era de agradecer.

Tras pasar un rato andando y llegar a la zona más antigua, dónde se encuentran todos los lugares de interés que ver en Tombuctú, mi impresión de la ciudad cambiaría.

¿Pero porqué Tombuctú se convirtió en una ciudad mítica y misteriosa?

Tombuctú consiguió su fama de ciudad legendaria gracias a dos cosas, el oro y la sal. Su ubicación, propició que desde su fundación en 1100 se convirtiera en un centro de comercio muy potente, así como un lugar de intercambio cultural. Por un lado, al estar situada en la orilla del Río Níger facilitaba las rutas comerciales hacia el sur de África y como Tombuctú está en las puertas del desierto, las caravanas cargadas de sal y otras mercancías que ansiaba Europa, viajaban a través del Sahara hasta el Mediterráneo atravesando una ruta que pasaba por Zagora en Marruecos. En Zagora como os conté en este post un cartel recuerda los días en que aquellas caravanas llegaban hasta Tombuctú.

Pero su fama como lugar lejano, misterioso y desconocido se forjó allá por el 1324 d.C gracias a uno de sus emperadores, Mansa Musa.

Mansa Musa el origen del misterio

Mansa Musa decidió peregrinar con su cohorte de Tombuctú a la Meca. Su caravana estaba formada por más de 60 mil personas y llevaban más de trece toneladas de oro. Imaginad la sensación que causó cuando recaló en los desiertos cercanos al Cairo. Según contaban los cronistas de la época, el desconocido y millonario emperador africano gastó tanto oro, que el precio de éste se desplomó durante varios años en el mercado egipcio.

Allí por dónde pasaba esta caravana dejaba tan ojipláticos e impresionados a quienes los veían, que las noticias sobre el enigmático rey procedente del dorado africano llegaron hasta Europa. Mansa Musa aunque no es un personaje muy conocido ha sido el hombre más rico de la tierra y apareció dibujado hasta en el Atlas Catalán de 1375, con una pepita de oro en la mano.  

Esa ciudad dorada, en medio del desierto, comenzó a convertirse en lugar mítico para el codicioso imaginario europeo. Así que la dificultad que había para encontrarla, para llegar hasta ella y salir vivo para contarlo, acrecentaron aún más su fama de lugar legendario.

Tombuctú era una ciudad prohibida para los no musulmanes. El primer viajero occidental que llego hasta aquí en el S. XVI sería el granadino León el Africano y una de las mejores cosas que ver en Tombuctú son las casas dónde vivieron los exploradores decimonónicos que lograron llegar hasta aquí. Se sabe cuales son porque en todas hay carteles informativos.

Las casas de los exploradores en Tombuctú

Los relatos de León el Africano sobre su viaje a Tombuctú fueron el testimonio que necesitaba occidente para acreditar que la ciudad de oro realmente existía. León el Africano contaba que Tombuctú era una ciudad culta en la que libros y manuscritos se pagaban con oro puro sin acuñar.

Pese a que Tombuctú era una ciudad prohibida para los no musulmanes, cuando siglos después las potencias europeas comenzaron su carrerea colonial, se reavivaría el afán por poner los pies en Tombuctú. El primero que lo intentó fue Alexander Gordon Laing en 1826. Llegó a la ciudad prohibida, pero fue expulsado y asesinado en el desierto. La Sociedad Geográfica francesa ofreció 10 mil francos a quien lograra llegar a la ciudad y regresar con vida. El francés René Caillé fue el primero que lo conseguiría en 1828 disfrazado de musulmán. Otros exploradores seguirían sus pasos como el alemán Heinrich Barth en 1853, Oskar Kenz junto con su traductor el español Cristóbal Benítez en 1880 y el americano D.W. Berky en la primera expedición trans-sahariana de 1913.

Cuando me iba parando frente a las casas de los exploradores pensé que Tombuctú no debía ser muy diferente a cuando ellos la visitaron.

Tombuctú fue declarada en 1988 Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Las casas de adobe estaban bien conservadas. Puertas y ventanas estaban ribeteadas por un marco policromado y las grandes puertas de madera estaban ricamente decoradas y remachadas con tachones de hierro forjado y grandes llamadores.

Las puertas daban paso a grandes patios, con árboles que los sombreaban y la gente reposaba tumbada en esteras mientras las ovejas pululaban buscando algo que echarse a la boca.

Pero además de las casas de los exploradores había mucho más que ver en Tombuctú.

Las mezquitas de Tombuctú

Los S. XV y XVI fueron la época dorada de Tombuctú, por aquél entonces era la capital intelectual y espiritual de África Occidental compitiendo con El Cairo y la Meca. Bajo el mecenazgo de Mansa Musa hasta aquí acudieron arquitectos para construir madrasas en la que se cultivaron más de 25 mil estudiantes. No solo se dedicaban a estudios islámicos, sino también estudiaban matemáticas, astronomía, medicina, ciencias naturales y literatura. Se construyeron mezquitas y una de las cosas que teníamos que ver en Tombuctú serían tres de ellas la Sankore, Djingueber y Sidi Yahya.

Sankoré es la mezquita más conocida de Tombuctú. No es muy grande. Es como un erizo de adobe del que sobresalen estacas de madera llamadas torones. Los torones permiten subir hasta ella para la necesaria restauración anual, cuando el adobe irremediablemente se va desgastando a causa de la lluvia y la erosión.

Permanecimos un rato junto a ella. Para mí esta fue la estampa más bonita de Tombuctú. Tras echar un montón de fotos, fuimos hasta otra de las mezquitas más famosa y antiguas que hay que ver en Tombuctú, la mezquita Djinguereber.

La Mezquita de Djinguereber se construyó en 1327 y también está hecha de adobe. Pocos años después de que la visitáramos, los terroristas de Ansar Diner entraron y destruyeron por completo los mausoleos que guarda en su interior. Tombuctú es la ciudad de los 333 santos a los que se continúan venerando en la ciudad, algo que a los terroristas no les gustó nada. Consideraron que el venerar los mausoleos iba en contra del islam, puesto que para ellos solo está permitido venerar a Alá. Afortunadamente después con la ayuda de la Unesco sus mausoleos fueron restaurados.

La otra mezquita que hay que ver en Tombuctú es Sidi Yahya. Es parecida a las anteriores pero se diferencia en que sus puertas estaban completamente decoradas. Es otra mezquita madrasa de las más antiguas de Tombuctú. Se construyó en 1440 inspirándose en el estilo sudanés saheliano. En su interior se encuentra la tumba de Sidi Yahya, al que se le considera protector de la ciudad y al que diariamente acudía la gente para venerar a su tumba. Esta veneración provocó también que los yihadistas la profanaran y la destruyeran.

Las bibliotecas de Tombuctú

Mientras que Europa estaba sumida en la oscuridad de la Edad Media, Tombuctú brillaba por su erudición. La ciudad estaba llena de universidades, estudiantes y profesores. Las caravanas traían libros de todo el mundo con textos de Plantón, Aristóteles, Pitágoras entre otros muchos autores que los copistas reproducían y traducían. Todos esos miles de manuscritos y textos son el mayor tesoro no solo de Tombuctú, sino de la Humanidad. Muchas de estas bibliotecas están en manos privadas y son propiedad de varias familias de Tombuctú que las han ido heredando durante siglos.

En abril de 2012 aprovechando el golpe de estado en Bamako, las milicias islamistas conectadas con Al Qaeda en el Magreb junto con los independentistas tuareg tomaron la ciudad. Después, los yihadistas expulsaron al tuareg y tomaron el poder a golpe de fusil. Durante 10 largos meses impusieron la sharía en Tombuctú y convirtieron la ciudad en un infierno. Todo estaba prohibido, destruyeron los mausoleos y quemaron muchos de los manuscritos por considerarse que atentaban contra el islam. Las familias iniciaron una operación de rescate de estos manuscritos que lograron llevar a Bamako para protegerlos de los radicales.

No pude ver ninguna biblioteca, nos quedamos con las ganas. Desde hace unos años se está llevando a cabo una labor de digitalización para hacer accesible a todo el mundo toda la grandeza de conocimiento que atesoran esos manuscritos de las bibliotecas de Tombuctú.

Tropas francesas y malienses lograron echar a los yihadistas de la ciudad. Tras ellos, dejaron mausoleos destrozados, manuscritos quemados y a una población aterrorizada.

Después de dar una vuelta, nos fuimos a tomar algo. Mientras contemplaba la ciudad pensaba la de historias que podían contar sus paredes que aún continúan envueltas en misterio. No pude sentirme más afortunada pensando, ¡vaya! estoy en Tombuctú.

El desierto y los tuaregs

La ciudad no está rodeada de dunas sino que para llegar hasta ellas hay que adentrarse en el desierto. No podía perder la oportunidad de conocer a los hombres azules y una de las cosas que teníamos que ver en Tombuctú, era esa parte del desierto del Sahara.

Tras unos kilómetros y un viaje en camello nos adentramos en las dunas hasta llegar a un campamento de los nómadas de tuaregs. Es curioso, una de las costumbres de los tuaregs es que las mujeres llevan su rostro despejado, mientras que los hombres lo cubren por completo con sus turbantes, dejado asomar solo los ojos. Lo hacen no solo para protegerse del sol sino también para protegerse del mal de ojo.

Los tuaregs visten de azul índigo y usan colores oscuros para protegerse del implacable sol que cae a todas horas. Antes su piel quedaba manchada de azul, puesto que las telas se teñían con tintes naturales, ahora esto no sucede porque la tela con la que fabrican sus vaporosos tanguds procede de alguna fábrica china.

La noche la pasaríamos en un campamento. Era para turistas, pero es muy diferente a otros campamentos que hay en el desierto del Sahara como Erg Chebbi. En Marruecos ya os conté que son una turistada total, llena de gente, camps y lo peor de todo, lleno de quads. Aquí no había nada de esto sino que solo estaban los tuaregs, sus camellos, la arena y el más absoluto silencio.

La sal era el oro blanco de Tombuctú y las caravanas de camellos de los tuaregs aún continúan viajando desde aquí hasta las minas de Taudeni a 650 kilómetros de Tombuctú. El proceso de extracción continúa siendo igual que en la Edad Media cortando grandes placas de sal que se colocan en los camellos. Nos contaron que cada placa de sal pesaba unos 25 kilos y que cada camello era capaz de portear tres o cuatro placas de sal.

Nos dijeron que las caravanas estaban en extinción. Los jóvenes tuaregs no están muy interesados en continuar haciendo los penosos recorridos de las caravanas y además los camiones son capaces de transportar más cantidad de sal, por lo que en un futuro cercano suplantarán a las caravanas de sal.

Atardecía en el desierto, mientras daba sorbos al té dulzón que me habían ofrecido los tuaregs, veía como se ocultaba el sol mientras escuchaba las historias que me contaban los tuaregs. Al día siguiente deberíamos regresar sobre nuestros pasos hasta Mopti, dónde pasaríamos un par de días, pero esa es otra historia.

Feliz fin de semana

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